Como guardianes de piedra, sus ojos se posaban en mí. Mi corazón como un enorme lucero alumbraba las calles más oscuras, sin rumbo y sin sombra. Camine a los pulmones de la ciudad, en ocasiones miraba al cielo y veia a las estrellas formar figuras imposibles. La brisa nocturna acariciaba mi semblante.
A veces tenía la sensación de que los ángeles me observaban desde el cielo, quizás con compasión o tal vez con odio, perdido en aquella oscuridad. Pronto llegue a aquel bloque, devorado por las sombras de la noche. Subí las escaleras y allí estaba ella, Con sus ojos cerrados y aquel cabello que rozaba el cielo.
Tendida en su cama, fragil y bella.
Me deslumbraba su rostro que parecía de porcelana,pronto entendí, que aquello era la cuna del ángel.
domingo, 6 de septiembre de 2009
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