Aquel día de invierno, la luna reinaba el cielo más tenebroso, pero, dentro de mi corazón estaba nevando, una tormenta fuerte y gélida. En un laberinto de pensamientos incomprendidos, cada día, bañaba mi rostro en lágrimas y mi corazón con dolor.
Miles de demonios había en mi anochecer, y ningún ángel en el amanecer.
Aquel día, donde la neblina perturbaba los ojos más inhumanos… La conocí.
Ella era ese ángel de mi amanecer, que cada mañana me escuchaba y me comprendía.
Perdido en miles de versos ya no escribía por mí sino por ella.
Cada palabra era un mundo, cada letra un latido. Pero cuando ella lo leía… cada palabra
era un infinito donde todo resplandecía.
Dedicado a quien le corresponda.
miércoles, 9 de septiembre de 2009
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¿Te acuerdas de cuando hablábamos de ángeles nocturnos y maniquís? Suena irónica la metáfora ^^. Suerte con lo que venga. Porque será algo grande.
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